Los centros de investigación militares de Estados Unidos siguieron ensayando la antigravedad electromagnética, dejándonos ver algunos resquicios de sus trabajos. R. L. Talley of Veritay Technology Inc., bajo el patrocinio de Edwards Air Force Base, realizó estudios con resultados positivos del efecto Biefeld-Brown, editados por la propia base con el título de "Concepto de Propulsión del Siglo 21" en dos informes: AFAL-TR-88-031 (abril 1988) y PL-TR-91-3009 (mayo 1991). No es casual, ni extraño, que varias personas describieran objetos luminosos sobrevolando la base militar; lo mismo que ahora ocurre en la famosa Área-51.
Resulta imposible saber hasta dónde se ha llegado con este efecto, aunque, sin duda, lo que ha llamado más la atención fue el artículo publicado por Aviation Week and Space Technology en marzo de 1992. Se hablaba del sistema usado por el bombardero B-2 de Northrop basado en el efecto Biefeld-Brown. Se armó tal jaleo con la noticia que, como siempre, le siguió una serie de desmentidos y confirmaciones de las que poco se puede sacar en claro. Los responsables de la revista avalaron la autenticidad del artículo escrito bajo seudónimo por anónimos ingenieros del proyecto.
No obstante, en el artículo se hablaba de una de las ideas originales de Brown. Tras años de experimentar, y debido a la gran cantidad de energía necesaria para impulsar un aparato, pensó que su efecto era sólo aplicable parcialmente en la navegación aérea, de tal forma que un sistema de propulsión tradicional sumado a la electrogravedad daría prestaciones inimaginables a una aeronave, pues el efecto, al no ser anulado por el vacío, podía permitir también el viaje por el espacio.
Tras ser conocidos públicamente los trabajos de Townsend Brown, algunos científicos de indiscutible prestigio, comenzaron a dar su opinión respecto al efecto antigravedad del electromagnetismo. Entre ellos cabe destacar a Hermann Oberth (como Brown, un creyente en la existencia de los extraterrestres) que, el 24 de octubre de 1954, publicaba un artículo titulado “Los platillos volantes vienen de un mundo distante” en The American Weekly, afirmando que los OVNIS volaban mediante campos artificiales de gravedad, producidos por cargar eléctricas de alta tensión.
El profesor Oberth, nombrado repetidas veces como padre de la era espacial, no puede ser tachado fácilmente de fantasioso, por lo tanto, su valoración del efecto Biefeld-Brown se reviste de un carácter especial, principalmente debido a que estaría familiarizado con los trabajos emprendidos en su Alemania natal durante la guerra.
Resulta algo más que chocante comprobar como, antes de caer el velo del secreto sobre la antigravedad electromagnética, mientras se daba el auge mundial de su investigación, la gente vio objetos en el cielo, y sus secuelas en la tierra, demasiado semejantes al efecto Biefeld-Brown.
Los escépticos han indicado en repetidas ocasiones que los supuestos testigos OVNI no han visto nada anómalo. Para ellos muchos testimonios son las fantasías de mentes desequilibradas. De nuevo el paso del tiempo, nos otorga la perspectiva suficiente para comprender las descripciones de unos hechos terrestres, que en su día fueron confundidos con extraterrestres.
Alexander P. de Seversky fue un famoso ingeniero aeronáutico. Recibió el Trofeo Harmon en 1939 por los avances en la aviación. Por su trabajo en la fuerza aérea, Seversky recibió la Medalla del Mérito en 1945 del presidente Harry Truman y la Medalla al Servicio Excepcional en 1969 en reconocimiento a su servicio como asesor especial a los Jefes de Estado Mayor de la USAF.
Seversky haciendo una demostración de su Ionocraft. Para unos antigravedad, para otros, impulsión por iones. El caso es que produce un empuje sin motores. Hoy cualquiera puede construir un modelo básico ¿Hasta dónde se habrá avanzado en este campo?
Brown explicando cómo se desplazaría
un platillo volante gracias a su sistema
La antigravedad electromagnética es un tema excomulgado en el mundo aeronáutico. Hoy se niega su existencia, siendo relegada exclusivamente al campo de la cienciafícción. Su rastro todavía puede ser seguido en las publicaciones y enciclopedias científicas hasta los años setenta. Para realizar una aproximación a ella, y comprender sus bases, es imprescindible hablar de Townsend Brown, el hombre que más la popularizó, debido a que realizó su labor investigadora de forma abierta.
En marzo de 1956 Derek Wood, redactor de Interavia en Inglaterra, remitía un curioso artículo a su editorial. El autor era un americano que usando el apodo de Intel había exigido cobrar en dólares pues salía enseguida para su país. El artículo se publicó en mayo levantando una polémica que duró dos años. Se recibieron 326 cartas pidiendo toda clase de explicaciones. No resulta extraño. Con el título “Hacia la locomoción aérea sin esfuerzo ni peso” se presentaban en España las dos palabras malditas en la aviación: Antigravedad y electromagnetismo.
El causante de aquel alboroto fue Townsend Brown, un ingeniero preocupado por el electromagnetismo desde niño. Su profesor de origen alemán Paul Alfred Biefeld (compañero de universidad de Albert Einstein en Suiza) le mostró algo muy curioso: si a un objeto se le inducía un campo electromagnético experimentaba un extraño empuje hacia el polo positivo perdiendo parte de su peso. Observaciones paralelas le hicieron ver en sus resultados una acción antigravedad. El efecto Biefeld-Brown fue publicado en Science and Invention en 1929 sin llamar demasiado la atención.
Mason Rose, presidente de la University for Social Research, escribió en 1952 que los platillos de Brown se elevaban emitiendo sólo un ligero “zumbido eléctrico” e irradiando un raro resplandor en la oscuridad producido por el efecto corona. Si añadimos a esto el poderoso campo electromagnético que emitían a su alrededor, enseguida vienen a nuestra mente las historias clásicas de las personas que vieron un OVNI típico de aquellos años, incluidos los zumbidos que los acompañaban, las interferencias captadas por las radios de sus coches, la paralización de los motores y el agotamiento instantáneo de las baterías.
Falso platillo alemán similar al propuesto
por Brown a la marina de los Estados Unidos.
Mientras tanto las prácticas empresas aeronáuticas de Estados Unidos se lanzaban a la búsqueda de la antigravedad, al tiempo que las universidades se dedicaban al campo teórico. Para ello se contó con los científicos que durante la guerra habían trabajado para el gobierno alemán, como el Dr. Burkhard Heim que había planteado innovadoras ideas en la Universidad de Goettingen. Martin Aircraft contrató al físico alemán Pascual Jordan invirtiendo sus esfuerzos en experimentar sistemas de vuelo semejantes al de Brown. El doctor Charles Dozier de la empresa Convair se fotografió junto a uno de los discos en los que estaban trabajando. Gluhareff Helicopter & Airplane voló un platillo basado en las ideas de Brown y dirigido a distancia sobre el estado de Nueva York, que fue fotografiado pasando a la historia de la ufología. La lista es larga y llega hasta más de cuarenta investigaciones realizadas, incluyendo la unión entre las fuerzas aéreas de Estados Unidos y la empresa Avro de Canadá; el mismo fabricante del Avrocar basado en el efecto Coanda.
Aquel curioso resultado electromagnético no fue tomado por todos como una anulación de la gravedad. Quizá no anulaba la gravedad pero “empujaba” a los objetos que era lo importante. Se esperaban maniobras irrealizables en aeronáutica: giros de 90 grados, ascensos y descensos en vertical o llegar a invertir el vuelo de golpe. Para los que creen en la antigravedad del efecto Biefeld-Brown, el piloto iría sumergido en su propio campo de gravedad y no se vería afectado por los bruscos movimientos.
Los hallazgos de Brown no sólo permitirían el vuelo en la atmósfera, pues también hacían viable el viaje en el espacio. El empuje que experimentaban los objetos hacia el polo positivo se producía igualmente en el vacío. Si no era interrumpido se multiplicaba, siempre teóricamente, hasta la velocidad de la luz. Con un correcto control de la inducción electromagnética era posible alcanzar una velocidad inimaginable.
Supuesta nave extraterrestre de Adamski
comparada con el modelo de pruebas de Brown
Ampliando sus trabajos a lo que denominó “viento eléctrico”, Brown diseñó un aparato que ha tenido una influencia decisiva en la ufología. George Adamski, primera persona que aseguró estar en contacto permanente con seres extraterrestres en los años 50, nos lo vendió como un tipo de nave procedente de Venus. Sus fotografías inundaron las revistas durante décadas creando la moda del contactismo.
Townsend Brown compitió con empresas que trabajaban para el gobierno, y que posiblemente habían avanzado hasta puntos que sólo podemos sospechar. Gracias a la difusión de su labor hoy comprendemos lo que en su día fue un tema llevado en la más absoluta discreción.
Sin financiación Brown se trasladó a Cleveland en 1952 y allí planteó un proyecto al que llamó Winterhaven. Superando las trabas que le habían puesto esperaba poder ofrecer a los militares su aeronave. En 1953 mostró el vuelo de dos discos que alcanzaron los 185 Km/h. Contó con el apoyo inicial del almirante Arthur W. Radford, en esos momentos Comandante en Jefe de la Flota en el Pacífico y después Jefe del Estado Mayor de Ejército las ordenes directas de Eisenhower entre 1953 y 1957. La prueba se llevó a cabo en la base naval de Pearl Harbor. A los discos, de tres metros de diámetro cada uno, les fueron suministrados 150.000 voltios en sus anillos exteriores; y volaron en un círculo de 50 metros alrededor del poste en donde habían sido sujetos. Tras el éxito inicial, Brown presentó una propuesta para desarrollar un disco de combate que volaría a tres veces la velocidad del sonido. El proyecto Winterhaven fue clasificado como secreto, y posteriormente, siempre según la versión oficial, se desestimó.
El nuevo sistema antigravedad, unido a otros convencionales, permitiría alcanzar el espacio
En su viaje a Europa por fin pareció sonreírle el éxito y en 1955 la Societe National de Construction Aeronautique Sud Ouest se interesó por sus trabajos. Varios discos volaron en el vacío con el uso de 200.000 voltios. Esto hizo ver a los franceses que la máquina que necesitaban para su aviación había sido encontrada. Se hicieron planes para crear una gigantesca campana de vacío y un generador que suministraría quince millones de voltios, pero en ese momento hizo su aparición Estados Unidos. La sociedad fue comprada por los americanos y rebautizada como Super Douglas of France Sud Est. Una de las primeras medidas adoptadas por el nuevo presidente de la empresa fue prohibir los trabajos antigravedad.
Brown fue uno de los fundadores en 1956 de la Comisión Investigadora Nacional de Fenómenos Aéreos, el NICAP, y parte del presupuesto de la organización de ufólogos se dedicó a financiar sus investigaciones en octubre de ese año. La alegría le duró poco. En enero se le retiró el dinero, fue acusado de excederse y el nuevo presidente con poderes ilimitados suspendió los trabajos. Curiosamente se trataba de un antiguo miembro de la marina, el Mayor Donald E. Keyhoe, ferviente defensor de la idea extraterrestre y hoy una leyenda entre los ufólogos.
De nuevo Brown encontró el apoyo en el campo privado, trabajando en 1958 para la empresa Bahnson Company of Winston-Salem. Más tarde creó la Rand International Limited. Después dejó la antigravedad y buscó una relación entre la gravedad, la electricidad y la corteza terrestre (petroelectricidad) financiado por Stanford Research Institute, University of California y Ames Research Center of NASA. Murió en 1985 y su familia poco quiere saber de entrevistas ya cansados del tema, aunque facilitan información sobre sus informes y experimentos.
Numerosos particulares han intentado repetir la investigación, pero sin los recursos económicos y técnicos necesarios no han podido pasar de comprobar las primeras fases, elevando o haciendo girar pequeños objetos.
Brown en su laboratorio celebrando el éxito de sus experimentos.
Existen numerosas referencias antiguas del efecto “antigravedad” producido mediante electromagnetismo, y fue nombrado por científicos que, en modo alguno, pueden ser tachados de fantasiosos. Charles Brush, un investigador estadounidense pionero en el uso de la electricidad, descubrió a principios de los años veinte que un péndulo sometido a inducción eléctrica recibía un impulso hacia el polo positivo, lo que también le hizo pensar en una relación entre electricidad y gravedad. Otro buen ejemplo es el de George S. Piggot, que en 1920 obtuvo supuestos efectos antigravedad sobre esferas inducidas eléctricamente. No existía teoría capaz de explicar los resultados, pero en las pruebas de laboratorio los objetos parecían levitar ajenos a la atracción de la Tierra.
Los ejércitos del aire pronto pensaron en la aplicación práctica del fenómeno, y así quedó reflejado en los libros de historia. Durante la Primera Guerra Mundial, el ingeniero italiano Luis Rota construyó el primer artefacto volador que se elevaba al anular la gravedad mediante electromagnetismo, siendo dirigido por ondas de radio.
La máquina de Rota fue reseñada en “Maravillas y revelaciones de la Gran Guerra”, una obra descriptiva de las armas empleadas en la Primera Guerra Mundial, que mereció el premio de La Cruz del Merito Naval otorgado por el Ministerio de la Marina español, y llegó a ser reeditada tras la guerra por la Casa Editorial Maucci de Barcelona (el año exacto no fue incluido en la reedición). En ella, los capitanes Miguel Gistau y Vicente Valero, además del invento de Rota, explicaban otros desconcertantes ingenios militares, como los campos de fuerza o los cañones de repulsión magnética. Cuando estas armas reaparecieron en la Segunda Guerra Mundial su existencia fue sometida a la más severa censura intentado ocultarlas a toda costa.
Resultaría de lo más insólito que los alemanes, innovadores en casi todos los campos científicos de su tiempo, no tuvieran en consideración semejante efecto descrito mucho antes de la guerra. Alfred Fritz, que llegó a ser director del Museo Alemán de Cohetes y Viajes Espaciales de Stuttgart, reconoció que durante el conflicto bélico los ingenieros habían trabajado en tres tipos de propulsión futurista: Reacción, iónica y antigravedad electromagnética.
Muchos ufólogos han visto una comunicación entre los padres de la astronáutica y los extraterrestres, o incluso la captura de una de sus naves espaciales, debido a las analogías que unen a la cienciaficción y la ciencia. Los numerosos libros de cienciaficción, escritos a finales del siglo XIX y principios del XX, prepararon a la gente para creer en la llegada a la Tierra de visitantes del espacio, y también, aunque parezca sorprendente, influyeron decisivamente en los pioneros alemanes. La historia de la astronáutica se encuentra repleta de anécdotas relacionadas con estas afinidades.
Los novelistas se alimentaban del material científico para hacer más reales sus historias, y los científicos se basaban en las novelas para bautizar sus trabajos. Por ejemplo, el ingeniero Klaus Riedel desarrolló uno de los primeros motores efectivos para cohetes, bautizado por Willy Ley con el sobrenombre de “Repulsor”, en recuerdo a un motor reacción del mismo nombre, cuyo creador era el marciano Fru, que aparecía en la novela “En dos planetas” escrita por Kurd Lasswitz.
Las obras de Otto Willi Gail “Disparo al Universo” y “La piedra de la Luna” se encontraban repletas de datos reales científicos. Fueron un éxito rotundo e influyeron en toda una generación alemana. Especialistas de la talla del conde Helmut von Zborowski, reconoció que tras leerlas en su juventud decidió dedicar su vida a la investigación espacial, y convertir en realidad lo que hasta ese momento sólo era ficción.
Incluso el cine quiso dar un serio cariz científico a las películas. Fritz Lang, el gran director, buscó a Hermann Oberth para asesorar su película “Una mujer en la Luna”. Al principio Oberth no vio con buenos ojos la propuesta. Lang deseaba impresionar a los asistentes al estreno lanzando un cohete de grandes dimensiones. Semejante demostración pública le parecía a Oberth trivializar el trabajo con cohetes. Únicamente la insistencia de sus compañeros, en especial la de Willy Ley, le convenció. Sus fondos económicos estaban agotados y el dinero por aquella demostración ante la multitud les permitiría continuar con las investigaciones. Paradójicamente el cine ayudó al avance alemán en el desarrollo de cohetes.
La anécdota más desconocida y que dio fama de vidente a Julio Verne, entre los recopiladores de lo insólito, se encuentra protagonizada por Hermann Oberth. Desde pequeño había sentido una especial fascinación por los libros del autor francés. Verne, un gran lector de la ciencia de su tiempo, incluyó los cálculos realizados por la Universidad de Cambridge en su novela “De la Tierra a la Luna”. El punto más cercano entre los dos cuerpos espaciales, el cenit, se producía entre los paralelos 28 y el Ecuador. Verne eligió la península de Florida como lugar de despegue. Cuando tras la guerra se les preguntó a los alemanes qué zona de Estados Unidos sería ideal para lanzar las naves destinadas a conquistar la Luna, Oberth, recordando a Julio Verne, no lo dudó en absoluto y eligió Florida.
Otra de las constantes en los libros de cienciaficción era la antigravedad, existiendo la misma retroalimentación de contenidos con la ciencia, como ocurría con la conquista del espacio mediante cohetes. En “El doctor Omega” de Arnould Galopin presentaba en 1908 un material antigravedad llamado “repulsita”. Así mismo, como ejemplo se puede citar “Los navegantes del infinito” de J. H. Rosny que en 1927 dotaba a su nave, Stellarium, de un campo antigravedad. El alemán Kurd Lasswitz examinó técnicamente la anulación de la gravedad igualmente en su obra “Entre dos planetas”, escrita en 1897.